A menudo miramos un corral y vemos un grupo homogéneo de aves moviéndose de un lado a otro. Sin embargo, la evolución ha diseñado a los gallos y a las gallinas bajo dos estrategias de supervivencia completamente opuestas que conviven bajo el mismo techo. En CAM Calidad Agroambiental nos encanta observar la naturaleza sin filtros técnicos aburridos, entendiendo que el comportamiento y la anatomía de cada animal responden a una lógica biológica perfecta.
Dejamos a un lado las aproximaciones de siempre para analizar cómo la genética y el entorno moldean de forma tan diferente a los dos protagonistas del gallinero.
El físico no miente
La forma más rápida de distinguir a un macho de una hembra es fijándose en su aspecto general. Este fenómeno se conoce en biología como dimorfismo sexual, que básicamente significa que los machos y las hembras de una misma especie tienen formas, colores o tamaños notablemente diferentes.
Los gallos suelen ser los reyes del corral en cuanto a vistosidad. Tienen un tamaño bastante mayor, el pecho más erguido y un plumaje llamativo con reflejos metálicos. Además, sus plumas del cuello y de la espalda terminan en punta, mientras que las de las gallinas son redondeadas y de tonos más apagados, perfectos para camuflarse.
La cresta y las barbas
Si miras la cabeza de las aves, notarás enseguida dónde están las diferencias principales. Tanto los gallos como las gallinas tienen cresta y barbas (esas protuberancias carnosas que cuelgan bajo el pico), pero el desarrollo es muy distinto.
En los machos, la cresta es grande, gruesa y de un color rojo muy vivo. En las hembras, es mucho más pequeña, discreta y a veces cae hacia un lado. Estas zonas están llenas de vasos sanguíneos y les sirven para regular la temperatura corporal, algo vital en los meses de verano.
Espolones y anatomía de las patas
Si bajamos la mirada hacia las patas, encontramos otro elemento diferenciador. Los gallos desarrollan los espolones, que son una especie de garras afiladas situadas en la parte posterior de la pata. Los utilizan principalmente para defender al grupo de posibles amenazas.
Las gallinas, por lo general, carecen de ellos o tienen unos botones óseos muy pequeños que apenas sobresalen. Las patas de los machos también son notablemente más gruesas y robustas para soportar su peso.
El canto y la voz
El famoso «kikirikí» es el sello de identidad del gallo. Los machos cantan para marcar su territorio y para avisar a la comunidad de que el jefe está vigilando. Pueden empezar a ensayar este sonido tan característico a partir de las pocas semanas de vida.
Las gallinas no cantan así. Ellas se comunican mediante un cloqueo constante, una serie de sonidos cortos y suaves que utilizan para mantener al grupo unido o para avisar a sus compañeras de que han encontrado comida.
El comportamiento social
La vida dentro del gallinero está perfectamente organizada. Los gallos asumen un papel de protectores. Están siempre alerta, buscan alimento para ofrecérselo a las hembras con un baile curioso y vigilan el cielo por si aparecen aves rapaces.
Las gallinas se enfocan en la jerarquía del grupo y en la reproducción. Una curiosidad científica relevante sobre su comportamiento es que las gallinas son capaces de producir huevos sin la presencia de un gallo. El óvulo de la gallina se desarrolla de forma autónoma en su aparato reproductor y se expulsa externamente convertido en huevo, independientemente de si ha sido fecundado o no. El gallo solo interviene si buscamos que esos huevos se conviertan en pollitos.
Una cuestión de genética
Para terminar con un dato científico curioso, la genética de las aves funciona al revés que la de los humanos. En nuestra especie, las mujeres tienen cromosomas XX y los hombres XY.
En el mundo de las aves, el sistema se denomina ZW. El gallo es el que tiene los cromosomas idénticos (ZZ), mientras que la gallina tiene el par diferente (ZW). Esto significa que la madre determina el sexo de los futuros pollitos, un dato que siempre sorprende a quienes se están iniciando en el sector avícola.